martes, 20 de octubre de 2009

En mi primera semana de vida, mi padre me enfundó en una gruesa manta de lana y compró un radiador portátil para que por nada del mundo me fuese a enfriar. Todo bien salvo por los casi cuarenta grados de temperatura que anticipaban el caluroso verano que llegaba. Desde entonces siempre tengo calor. Por ello me pregunto si además del famoso “capital solar”[1] que traemos incorporado de serie en nuestra programación, poseemos un “capital calorífico[2] limitado que vamos agotando a lo largo de nuestra vida en cada exposición a las temperaturas altas y yo lo malgasté en buena parte nada más empezar la mía. Y luego, claro, hay que tener en cuenta que cada verano, cada sauna, cada rato frente a la chimenea escuchando el crujir de las llamas, cuenta. Lo pienso y me pongo mala: ¿Debo lamentar todos los humeantes baños de espuma que no hayan sido estrictamente necesarios? Y si me pongo a sumar todas las horas que he pasado junto al horno calentando pizzas me temo que debe quedarme muy poco de este capital, así que ya puedo ir tomándome en serio lo de racionar mis reservas o en breve tendré que mudarme a Alaska. Además, hay algo que debo confesar: suelo asarme de calor con gran facilidad pero (y es que la contradicción gobierna mi vida) disfruto muchísimo, por ejemplo, sumergida en una bañera calentita mientras dejo correr agua ardiendo hasta que gradualmente la mezcla alcanza una temperatura en la que sería imposible meter la punta del pie de buenas a primeras sin este proceso de aclimatación. Esta práctica te deja completamente sedada de fuera a dentro: la piel, los músculos, los órganos, la respiración, los sentimientos y hasta los pensamientos, es como quedar suspendida fuera del tiempo. De repente no aguanto más y me tengo que salir de golpe, hasta después de unos minutos no se me pasa el sofoco. Más de una vez he intuido que a la larga estas cosas te acaban pasando factura pero hay placeres que no puedo evitar, quizás sea algo caloréxica. Sí, por que no asumir mi condición: soy caloréxica y calorfóbica a partes iguales y en ocasiones hasta de forma simultanea, algo así como una bipolar del calor. Volviendo a mi infancia: ahora todo encaja perfectamente, aquellos episodios de fiebre alta, semana tras semana, durante mis primeros cuatro años de vida, nada tenían que ver con unas anginas persistentes como los médicos hicieron creer a mis padres. Sin duda se trataba de una vía de escape para un volumen de calor acumulado que no cabía en un cuerpo de tan pequeñas dimensiones. Mi organismo, para combatir la intoxicación térmica, actuaba más o menos como lo hace un volcán. Por suerte nunca llegué a explotar, aunque las que pagaron el pato de tanta ignorancia médica fueron mis amígdalas ya que me las acabaron extirpando, en contra de mi voluntad, nada más cumplir los tres años. Por otro lado, creo que aquella también ha debido ser la causa de mis frecuentes sonrojos, mis mejillas aún se encienden como soles incandescentes al mínimo escenario embarazoso. En mi adolescencia evitaba vestir con tonos rosas porque se decía que el rojo y el rosa no pegaban (nunca me atreví a quebrantar esta máxima ni la prohibición de llevar calcetines blancos) sin embargo ahora encuentro que son colores perfectamente combinables y trato de sacar el máximo partido estético de este padecimiento. Sólo espero que los excesos de toda una vida no me acaben produciendo un tumor climático porque las metástasis atmosféricas internas deben de reproducirse de forma casi inmediata. ¿Reduciría las probabilidades de enfermedad hacer curas periódicas de frío, por ejemplo, metiéndome unas horas al mes en un lago helado? Aunque dicen que tanta ducha y tanto baño no es bueno para la piel ¿seremos solubles en agua? Me pregunto entonces si también contamos con un “capital acuífero[3] que consumimos a lo largo de los años en cada contacto con agua hasta poder llegar a disolvernos y desaparecer.

[1] El numero de horas que un individuo puede exponerse al sol durante toda su vida [2] El numero de horas que un individuo puede exponerse al calor durante toda su vida [3] El numero de horas que un individuo puede exponerse al agua durante toda su vida

2 comentarios:

marta lorca dijo...

todo muy capitalizado prima, se te nota el back ground económico de tu padre más que lo de la mantita. Tu siempre tienes calor porque eeres dulce y calurosa. Siempre me has parecido de apariencia dulce, como tu madre. Porque lo siento pero por la otra parte no hay ni uno con gesto suave: las caras de tus tí@s y los mi@s se acercan más al estreñimiento, la seriedad o el fastidio, como sabes bien. No es que me meta con ellos, sobretodo porque aun salvandome un poco gracias a Lorca, tengo ese mismo gesto natural compungido. Tu te libras, como la prima Verónica. En tu caso ha de ser por tu madre, que también me ha inspirado siempre fragilidad y dulzura. Y no dejes de mojarte... siempre que puedas. Ya los romanos sabían que el agua es la madre naturaleza, y por eso la adoraban. Con el sol más cuidado, es una estrella caprichosa.

B.en lo alto de la colina dijo...

gracias por lo de dulce prima, aunque esa es solo una parte de mi polifrénico ser porque he de reconocer que la agresividad y la mala leche también corre a raudales por mis venas...prefiero avisarlo porque luego la gente que no me conoce bien se decepciona cuando ve que tengo la misma medida de caracter fuerte que de dulzura y que me bajo de las nubes transformada en un yeti cuando me intentan tocar las pelot**. En cuanto a mi madre tendrías que verla en privado, pero bueno, aún así, ella sí se acerca más a la idea que te has formado a través de sus apariciones públicas..Y en relación con el aparente parecido con mi madre, al margen de que tratamos de no promover las reyertas familiares en nochebuena, por suerte en algunos aspectos o por desgracia en otros,poco más tienen que ver nuestras personalidades. Ella siempre ha afirmado que a su pesar soy un calquito de mi padre, afirmación que comparto como mucho al 60% .

Y no te preocupes prima, que me seguiré mojando en la lluvia, y si hay sequía en el café que me hará más espojosa. beso!