miércoles, 28 de octubre de 2009

martes, 27 de octubre de 2009

Mi poética
Es géminis, como yo. No sé de qué humor trazará mis estrofas el lunes. Observaré su andar voluble, espontáneo, sobre un nuevo blanco que sabrá suyo. Tallará su contoneo entre mis manos, y éstas moldearán su cintura, gruesa o de avispa, a la medida exacta de sus deseos. De su voz saldrán lamentos, carcajadas, suspiros, alondras, hechizos en cascada, insomnio. Y yo cederé a su capricho alado, que siempre logra aliviar el peso inútil de unos hombros rendidos. A veces es tosca y descarada, frotaría esa lengua con litros del rocío de abril, que lava más blanco. Otras, entona una canción tranquila y se encarama a una estrella para mostrarme el lenguaje sereno de la espuma. No obedece a normas de prudencia o decoro: baila desnuda sobre mesas y charcos aireando secretos que sólo ella conoce de mí y cubre de migas de madalena su torso para que mis palomas nunca mueran de pena. Descifro su perfume, si asiente, al caer la tarde: juego, saberes viejos, tréboles de aire, silencio, en una aleación que lleva un compás tarareado. Cuando no lo hago, el orgullo es el que atiende al rumor herido y puede alejarse días enteros: desierto, rabieta de silencios, ausencia, astucia que apunta a mi escucha distraída, tormento. Por suerte siempre acaba volviendo para llenar de vida, como un pájaro el cielo, mis palabras.

martes, 20 de octubre de 2009

En mi primera semana de vida, mi padre me enfundó en una gruesa manta de lana y compró un radiador portátil para que por nada del mundo me fuese a enfriar. Todo bien salvo por los casi cuarenta grados de temperatura que anticipaban el caluroso verano que llegaba. Desde entonces siempre tengo calor. Por ello me pregunto si además del famoso “capital solar”[1] que traemos incorporado de serie en nuestra programación, poseemos un “capital calorífico[2] limitado que vamos agotando a lo largo de nuestra vida en cada exposición a las temperaturas altas y yo lo malgasté en buena parte nada más empezar la mía. Y luego, claro, hay que tener en cuenta que cada verano, cada sauna, cada rato frente a la chimenea escuchando el crujir de las llamas, cuenta. Lo pienso y me pongo mala: ¿Debo lamentar todos los humeantes baños de espuma que no hayan sido estrictamente necesarios? Y si me pongo a sumar todas las horas que he pasado junto al horno calentando pizzas me temo que debe quedarme muy poco de este capital, así que ya puedo ir tomándome en serio lo de racionar mis reservas o en breve tendré que mudarme a Alaska. Además, hay algo que debo confesar: suelo asarme de calor con gran facilidad pero (y es que la contradicción gobierna mi vida) disfruto muchísimo, por ejemplo, sumergida en una bañera calentita mientras dejo correr agua ardiendo hasta que gradualmente la mezcla alcanza una temperatura en la que sería imposible meter la punta del pie de buenas a primeras sin este proceso de aclimatación. Esta práctica te deja completamente sedada de fuera a dentro: la piel, los músculos, los órganos, la respiración, los sentimientos y hasta los pensamientos, es como quedar suspendida fuera del tiempo. De repente no aguanto más y me tengo que salir de golpe, hasta después de unos minutos no se me pasa el sofoco. Más de una vez he intuido que a la larga estas cosas te acaban pasando factura pero hay placeres que no puedo evitar, quizás sea algo caloréxica. Sí, por que no asumir mi condición: soy caloréxica y calorfóbica a partes iguales y en ocasiones hasta de forma simultanea, algo así como una bipolar del calor. Volviendo a mi infancia: ahora todo encaja perfectamente, aquellos episodios de fiebre alta, semana tras semana, durante mis primeros cuatro años de vida, nada tenían que ver con unas anginas persistentes como los médicos hicieron creer a mis padres. Sin duda se trataba de una vía de escape para un volumen de calor acumulado que no cabía en un cuerpo de tan pequeñas dimensiones. Mi organismo, para combatir la intoxicación térmica, actuaba más o menos como lo hace un volcán. Por suerte nunca llegué a explotar, aunque las que pagaron el pato de tanta ignorancia médica fueron mis amígdalas ya que me las acabaron extirpando, en contra de mi voluntad, nada más cumplir los tres años. Por otro lado, creo que aquella también ha debido ser la causa de mis frecuentes sonrojos, mis mejillas aún se encienden como soles incandescentes al mínimo escenario embarazoso. En mi adolescencia evitaba vestir con tonos rosas porque se decía que el rojo y el rosa no pegaban (nunca me atreví a quebrantar esta máxima ni la prohibición de llevar calcetines blancos) sin embargo ahora encuentro que son colores perfectamente combinables y trato de sacar el máximo partido estético de este padecimiento. Sólo espero que los excesos de toda una vida no me acaben produciendo un tumor climático porque las metástasis atmosféricas internas deben de reproducirse de forma casi inmediata. ¿Reduciría las probabilidades de enfermedad hacer curas periódicas de frío, por ejemplo, metiéndome unas horas al mes en un lago helado? Aunque dicen que tanta ducha y tanto baño no es bueno para la piel ¿seremos solubles en agua? Me pregunto entonces si también contamos con un “capital acuífero[3] que consumimos a lo largo de los años en cada contacto con agua hasta poder llegar a disolvernos y desaparecer.

[1] El numero de horas que un individuo puede exponerse al sol durante toda su vida [2] El numero de horas que un individuo puede exponerse al calor durante toda su vida [3] El numero de horas que un individuo puede exponerse al agua durante toda su vida