sábado, 28 de marzo de 2009

Para eficiencia la de

la Tierra ¿No lo tenemos

todo para empezar de nuevo? mira esto

viernes, 27 de marzo de 2009

Píldora de autosanación nº2:

Exposición al telediario con factor de protección +50

Evitar la exposición a la tv en las horas de mayor contaminación miedítica. De no ser posible se recomienda el uso de pantalla total en el cerebro durante la exposición y de un buen afternews a continuación para paliar la agresión celular sufrida (un paseo a la luz del sol, unas risas de cañas con amigos o escuchar "viva la vida" de Coldplay te ayudarán a volver a sintonizar con tu frecuencia de alegría).

jueves, 26 de marzo de 2009

Píldora de autosanación nº 1:

El suspiro

Infalible sistema de drenaje para expulsar penas y demás porquería tóxica incrustada en el corazón.

Administración: en dosis de enérgicas "haaaaaa"s a cualquier hora del día.

Contraindicaciones: no se han descrito.

Interacciones: puede interferir en los procesos de adicción al victimismo.

martes, 24 de marzo de 2009

オレンジ色

El invierno ha emigrado,

en un vuelo circular,

a un lugar donde los pájaros

no despierten su silencio en blanco y negro.

Aprovechando su ausencia

pinto mis uñas del color de las pasiones suaves.

asdf

domingo, 8 de marzo de 2009

RITMO DE VIDA

Mientras Tanja y yo esbozábamos, a sorbo de Martini rosso, la posibilidad de organizar en enero una escapada al festival de música de Essakane, cerca de Tombuctú en Mali, las imágenes estereotipadas que mi mente elaboraba sobre lo que podría consistir esta experiencia en el desierto (camellos, turbantes, 4x4, relec…) padecían la constante interrupción de algunos recuerdos relámpago, que emergían de mi inconsciente como la representación visual de lo que en esencia había supuesto para mí mi primer viaje a África occidental siete años atrás.

Sara se incorporó a la conversación después de comprar tabaco y mientras Tanja le ponía al día sobre nuestros planes, decidí dejarme transportar por el flujo caprichoso de unos recuerdos, a los que durante años había dado la espalda por formar parte de una fase caducada de mi vida, y a los que había ido sustituyendo, sin echar la vista atrás, por una cadena de sucesivas nuevas experiencias.

Mi turbación fue grande al descubrir que no había un hilo secuencial de lo vivido por el que dejarme conducir. Ni siquiera el intento deliberado de hacer memoria me llevaba más allá de las pinceladas que deambulaban de forma espontánea por mi cabeza. No encontraba un recorrido por el que hacer discurrir mis recuerdos. No había marcha adelante o marcha atrás, un hilo conductor, un principio o un final. No había una historia, sólo imágenes imprecisas y sensaciones sutiles. Las mismas que habían saltado como pulgas ante mis ojos, entorpeciendo mi conversación, unos minutos antes. ¿Por qué no lograba hacer crecer los trazos de esos recuerdos para construir una sucesión lógica de acontecimientos, un relato coherente y lineal de ese fragmento de mi vida? Al fin y al cabo mi inmersión en profundidad aquel verano en el contexto en el que me encontraba me había llevado sin pretenderlo a vivir una experiencia única de libertad.

No sé de qué me sorprendía, aquellas historias debían andar por algún lugar de mi cerebro pero de sobra sabía que nunca me he identificado con los sucesos concretos que conforman lo que ya considero pasado. Cumplieron, en su momento, la función de ir moviendo la rueda de una evolución pero sólo eran la piel de algo más profundo, de una esencia, que es la que había extraído para perdurar en mí de una manera más o menos consciente, y la esencia no tiene recorrido simplemente es.

Llegué a un acuerdo tácito conmigo misma. Todo estaba bien así. A retales. Un collage de impresiones que no necesitaban encadenarse a un entramado mental más denso en el que ya no me reconocía.

La débil brisa nocturna en un terrado. La elegancia de la hospitalidad sincera. Una fiebre liberadora. Los pies descalzos sobre la arena. El sudor preso bajo una mosquitera. La dignidad del que comparte a corazón abierto. La euforia musical en el tráfico. El ritmo de una respiración en calma. La luz del atardecer festejando la vida en la calle. La exuberancia de una sonrisa. La fuerza de la lluvia a media tarde. El sol arrancando la piel del que le niega el paso. La calidez nocturna bajo el cielo de una isla. Retazos de vivencias con una cadencia que me acercaba a la verdadera naturaleza de lo humano y que me llevó a perder, sin saber cómo había llegado a ese punto de mi existencia, el cordón umbilical que había mantenido en pie, durante más de veinte años, mi escéptico vínculo con unas estructuras de vida a las que había estado confinada con gran incomodidad y tristeza, y de las que me separaba un enorme foso de incomprensión.

El caminar pausado de aquellos hombres, como sometido a una fuerza de gravedad más leve, me sumergía en una apacible experiencia sensorial. En cada paso, con cada gesto, desplegaban una armonía que daba un brillo ligero a cada célula de su cuerpo. Sostenían a sus hijos en brazos con la naturalidad de lo que no tiene contornos definidos, como si sus cuerpos se fuesen moldeando y redefiniendo con cada movimiento. Una visión bien lejana de los movimientos afilados, planos, en bloque, que se acostumbran a ver en occidente, y que no son más que el reflejo de una rigidez en los esquemas de pensamiento y de vida que no está en sintonía con el ritmo natural de la existencia.

Nunca antes, a pesar de haber viajado bastante, había experimenado aquella libertad tan absoluta, tampoco después he vuelto a reencontrar la misma sensación. Quizás el impacto de la propia desnudez sólo se vive una vez, como el nacimiento, aunque después ya nada vuelve a ser lo mismo, se ha abierto una puerta que siempre está esperando a ser cruzada.