domingo, 11 de enero de 2009

The Neverending Story

Lago Atitlán. Guatemala. Agosto 2008

Como una ola de mar que te sacude cortando cualquier respiración de letargo, me sorprendió ayer en pleno desayuno el recuerdo de The Neverending Story, canción que me encantaba cuando tenía unos 8 años y que no había vuelto a escuchar desde entonces. Dos minutos después, con la inestimable ayuda de YouTube, le abrí la puerta a este recuerdo, casi moribundo tras el largo y azaroso viaje, para reencontrarme con una parte fundamental de mí misma también agonizante. Durante sus tres minutos y medio de duración volví a ser esa niña de corazón abierto, sin prejuicios y sin miedos, bajo un cielo estrellado lleno de posibilidades al alcance de mi mano. Todos tenemos alguna canción de infancia no contaminada por malas experiencias, prejuicios y batacazos, que nos invitaba entonces a crear mundos felices y que ahora nos puede ayudar a recuperar nuestra propia magia. Cualquiera que ésta sea, os aconsejo fervientemente que la volváis a escuchar.

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