miércoles, 7 de enero de 2009

Limpieza de fin de año

Este año las campanadas me han pillado con la casa como un desguace. Nada de recibir el año pulcra, inmaculada, y digna de que la armonía, con su séquito de bendiciones, pudiese entrar como anillo al dedo en mi morada. Tres horas antes trapo en mano, sólo había logrado llegar, tras algo más de dos días de intensa excavación externa e interna, a la cúspide del caos desde donde comenzar a deshacer la maraña. Y es que el proceso lleva su tiempo si se hace bien. El polvo debajo de la alfombra y de todo lo que ya no sirve, es el que te hace estornudar aunque no se vea, por eso el éxito de la operación requería partir de una estancia completamente vacía. En este punto de vaciado me encontraba yo el 31 cuando, entre escobas, fregonas, trapos, bolsas de basura, vinagre, rakus, chokureis y daikomyos, coladas tendidas, coladas por tender, coladas por hacer, mirra, copal, salvia, glasex, cuencos tibetanos, mantras, velas violetas, doradas, y demás herramientas a discreción para sacar lustre a los cimientos de mi vida, me dieron las 9:30 de la noche. Ducha veloz con un poco de sal marina malamente esparcida por aquí y por allá, rojo en los labios a falta de ropa interior a estrenar para la ocasión, y lista. Recién salida del caos, sólo a la llegada a mi última fiesta del año, me di cuenta, al recibir un buen número de felicitaciones por mi estética originalmente punky, de que de entre los veinte pares de medias que había dejado pendientes de escrutinio con el resto de mi ropa en el salón, había ido a echar mano de unas llamativamente rotas. Champán, risas, baile, uvas, y llegó la hora de los mensajes de móvil, a unos les llegó tres veces y a otros ninguna. Volví a casa al amanecer y me dormí buscando un sueño reparador para poder acometer con energía la segunda parte de mi tarea. Me desperté con bastante poca, y es que el cava debería estar prohibido por tóxico. Mi comida de año nuevo consistió en un menú whopper gigante a las 6 de la tarde. En la tele estaban poniendo “Tras el corazón verde” película que preferí no volver a ver para conservar intacto el mágico recuerdo que ésta me había dejado en la infancia y me puse manos a la obra. Tocaba someter a examen cada uno de los elementos de todo el bagaje acumulado hasta el momento para encontrarles un lugar digno en mi vida o desterrarlos para siempre. El resultado fueron cinco bolsas de basura y mucho espacio libre en el que respirar a pleno pulmón. No quise irme a la cama sin concluir del todo la faena, entrar en el 2009 con la vida al retortero no estaba tan mal siempre y cuando a lo largo del año todo se colocara en su sitio. Sólo pude dormir dos horas antes de irme a trabajar pero sin duda el esfuerzo ha merecido la pena.

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