jueves, 6 de noviembre de 2008

Más música: Threadgill & Zooid

Tras 35 minutos en taxi arriba y abajo por la ciudad universitaria (menos mal que a los 10 euros con 90 de extravío se me concedió oficialmente el derecho al paro del taxímetro) el conductor consiguió por fin dejarme en tierra firme a unos ciento y pico metros del Jonny, sobrenombre con el que se conoce al Club de Música y Jazz del Colegio Mayor San Juan Evangelista. Las 9 menos un minuto, justo a tiempo para ver al magnate del jazz contemporáneo Henry Threadgill en un recital con Zooid que prometía ser memorable. Marta estaba esperándome en la puerta con las entradas en la mano mirando su móvil con la confusión que suelen generar mis habituales desavenencias de batería y saldo con mi motorola. Tras los dos besos de rigor y saltándonos el resto de prolegómenos atravesamos veloces el pasillo que llevaba hasta el patio de butacas. A pesar de la hora y para nuestra sorpresa, quedaban buenos sitios libres. De hecho la sala estaba medio vacía, o medio llena si nos ponemos optimistas, algo inesperado teniendo en cuenta la talla de los músicos y que generó en mí cierta sensación de malestar que podría identificar como vergüenza ajena. Mientras nos acomodábamos en un lugar centrado cerca del escenario y nos liberábamos de las capas de abrigo a las que nos había obligado el frío recién instalado en Madrid, inspeccionábamos curiosas al público, en su mayoría de mediana edad, que teníamos alrededor. Los músicos no tardaron en hacer su entrada en el escenario y tras los aplausos comenzaron a tocar. Hacía un frío tremendo en la sala, por suerte me pude enfundar en el chal de lana que había comprado hacía dos meses en Chiapas y que había tenido el premonitorio acierto de traer aquella noche. Sin duda la música era fantástica. Bajo la aparente estridencia disparatada propia del género, había una coherencia y una armonía capaz de abrir ciertas puertas que me producían vértigo. La orquesta estaba entregada. El movimiento de la media melena negra y lacia de Rubin Khodeli (al violoncelo) y sus facciones achinadas, acompañado de los sonidos oníricos que emitían los instrumentos de cuerda, me traían una y otra vez a la mente la imagen dibujada-desdibujada del protagonista de la película “Waking life” de Richard Linklater. Threadgill, quien contribuía a esta composición con los sonidos de su flauta, alternaba momentos de música magistral con pausas en un código de aspavientos con las manos que Marta y yo no lográbamos descifrar. Tras finalizar la primera pieza obtuvimos la respuesta. Threadgill estaba pelado de frío y en su inglés de Chicago nos dio a entender que no era de recibo tocar en unas condiciones tan inhumanas (barbaric), lo que originó en el público interpretaciones para todos los gustos y la reacción arrebatada de una señora que había concluido que nos estaba llamando salvajes a los españoles. Tras el pequeño incidente que no hizo más que agudizar mi sensación inicial de embarazo, la agrupación prosiguió su actuación, ahora era el saxo lo que Threadgill sostenía entre sus manos. Khodeli continuaba feliz su peculiar balanceo de pierna adelante, arriba y atrás. No parecía tener frío, quizás la copa de vino tinto a la que recurría cada cierto tiempo tenía algo que ver. A Marta le hacían gracia las muecas que José Dávila (a la tuba) hacía con la cara. A medio concierto acabé poniéndome la cazadora, el frío parecía ir a más, mientras Marta me animaba a que subiera al escenario a ofrecerle a Threadgill mi chal, al que ella llamaba mantita. Al finalizar la tercera pieza ya eran las diez en punto. Los músicos se despidieron y desaparecieron entre aplausos. A pesar de los contratiempos, había disfrutado mucho del concierto, aunque eso sí, se me había hecho algo corto. Tras cinco minutos de petición de bises sin que nadie volviera a asomarse por el escenario, el público comenzó a sospechar que no se les concedería ni un minuto extra de música y al grito de “¡tongo!” desde las últimas filas, comenzó a germinar la semilla de la discordia que Threadgill, ajeno a la fácil tendencia a la gresca de los ciudadanos de este país, había sembrado cuarenta minutos antes con su inocente comentario. Marta se movía con soltura entre ambos bandos, los que consideraban a Threadgill un maleducado caprichoso y los que entendían que era imposible tocar con un mínimo de concentración en semejantes condiciones climáticas, al fin y al cabo resultaba razonable que no se jugarse la salud en un concierto de gimnasio y se reservase para mejores interpretaciones en el Music Hall de Chicago. La prisa por llegar a tiempo a la cena con el fotógrafo americano Adam Fuss disuadió a Marta de involucrase mas a fondo en la disputa, y decidimos abandonar el recinto sin más dilación, aún quedaba mucha noche por delante.

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